Ricardo, subida a la Tuca de Salvaguardia   Leave a comment

…mi redacción, la acabo de terminar ahora mismo, jo, es la última, snif snif.

¿Ahora viene cuando me caigo de la cama, todo lo he soñao, y empieza la primera excursión?, ¿verdad?

Ayyyy, ke nostalgia, hay ke ver, bueno mira te kuento

RICARDO BADÍA

TUCA DE SALVAGUARDIA 2.738 m.

El calendario marcaba un día que prometió nunca marcar, era el día de nuestra última salida, la octava. Mirábamos hacía atrás y descubríamos todo aquello que ya habíamos pasado, ya habíamos vivido, ya habíamos sentido y que poco a poco se difuminaba entre las nieblas de nuestro recuerdo. Ese sentimiento era el que nos recorría a todos por las venas, el que se respiraba en el ambiente, el que latía en los corazones. Un sentimiento de que todas aquellas cosas bonitas ya habían sucedido y quizás no vuelvan a ocurrir.

Pero la octava salida estaba allí y era la última página de nuestro diario y que, como todas, había que llenarla, disfrutarla, vivirla y sobretodo grabarla a fuego en nuestra mente, ¡y estábamos dispuestos a ello!

La furgoneta aparcó en un lugar muy especial para nosotros. Si bien, nuestro nacimiento como montañeros se produjo en Canal Roya, este otro lugar, “Los Llanos del Hospital”, fue donde se colocó la semillita que germinó en los pequeños amantes de la montaña que somos ahora. Ahí se celebraron los campamentos de esquí, donde tuvimos nuestro primer contacto con la montaña y todo lo que esto conlleva. Entonces ninguno de nosotros podía llegar a imaginar que algún día estaríamos preparados para subir uno de esos picos. Pero las circunstancias desde entonces hasta ahora han cambiado mucho, y planeabamos subir a uno de los picos más altos, La Tuca de Salvaguardia, 2.738 metros.

Bajamos de la furgoneta y preparamos la mochila mientras las nubes grises iban desfilando a sus anchas por las cumbres de las montañas, acercándose a los collados, emborronando y disipándose por las laderas. La temperatura había bajado y el viento se dejaba notar. Después de un tiempo, y pese a estas condiciones, emprendimos la marcha con la mirada puesta en un pico que ni siquiera se podía percibir, dominado por las nubes pero que pronto estaría dominado también por nosotros.

Cruzamos el Llano por el que discurre el río Ésera, y por el que también discurrimos nosotros hace unos años con los esquís. El lugar a pesar de estar vestido de verde y no de blanco como lo habíamos visto nosotros, seguía siéndonos conocido,y cada pisada levantaba recuerdos divertidos y entrañables. Empezamos a subir acompañados con el rumor del agua del río como compañero. Desde este punto, el lugar ya no nos resultaba conocido, lo estábamos descubriendo entonces, a cada paso. Por el camino encontrábamos diferentes tipos de flores, pero había unas muy peculiares, de color morado y muy pequeñas que lo cubrían todo. Le pregunté a Alberto por ellas y me dijo que se llamaban “espanta veraneantes” o “robameriendas”, y que brotaban cuando empezaba a retirarse el buen tiempo. Miraras hacia donde miraras se podían ver.

A los lados del valle en el que estábamos encajonados vivían bosques espesos, de abeto y pino negro que ascendían y ascendían hasta llegar a las praderas alpinas, sin embargo la zona por la que discurría el sendero no tenía muchos árboles. Poco a poco fuimos andando por la primera parte del camino, esquivamos piedras, subimos desniveles y fuimos remontando altura. Nos acercábamos cada vez más hacía una pared desnuda, sin apenas árboles, que vestía de verde y gris. El verde correspondía a las praderas que se encontraban allí asentadas, y el gris a la zona cubierta de piedras y roca. Encima de esa pared estaba el lugar donde plantaríamos las tiendas para dormir, pero desde abajo parecía infinita e inalcanzable. El camino hacía “zetas” y, conforme iba subiendo por aquella pared, se tornaba cada vez más pronunciado. La ladera de aquella montaña presentaba hierba salpicada de “robameriendas”, “carlinas” y otras flores silvestres, incluso algún árbol esporádico se dejaba ver por allí. Íbamos subiendo y haciendo algunas paradas. Las nubes negras cubrían el cielo y las cumbres, pero no daban signos de lluvia, lo cual nos tranquilizaba.

     

Al mirar hacia el valle podías descubrir los bosques de abetos y pino negro que se encontraban en la ladera contraría. Ladera que hace de pies para el macizo de la Maladeta, que dormía debajo de aquellas nubes. Si seguías levantando la mirada, te encontrabas con el lugar en el que el bosque de abetos deja paso al prado, y después a las piedras, después perdías la pista a aquel macizo ya que todo se empezaba a nublar y cubrir de nubes, pero en algunos momentos se podían observar pequeños trozos del glaciar de la Maladeta. Todas estas observaciones las hice con cuidado de no tropezarme, ya que si desviaba mucho la atención hacia la ladera de enfrente, me topaba de morros con la que estaba pisando.

El altímetro seguía subiendo y mi cansancio también. Pronto el paisaje dejó de albergar árboles y hierba, y empezó a mostrarnos roca. En un punto de la ladera, el camino estaba excavado en la misma roca de la montaña. Teníamos que tener cuidado con no tropezarnos, aquel era el sitio que veíamos gris antes de subir por la pared. Cruzamos aquel lugar y seguimos avanzando, mirando hacía la sombra del Salvaguardia, cuya cima seguía tapada de nubes.

Al terminar de subir la ladera nos adentramos en una pequeña “vaguada” muy cerca ya de donde teníamos previsto acampar, pero como todo buen collado, dejaba pasar el viento y la sensación era bastante fría. El día de tren, furgoneta, presentaciones, compras y caminata que llevaba me estaba pasando factura y no podía dar ni un paso sin quejarme. Alberto, que tenía ya la cabecica muy rallada por mi culpa, sólo me decía “mira, allí acampamos, allí acampamos”. Pero aquel pequeño barranco se me hacía enorme. ¡Por fin llegamos al lugar de acampada! Desde allí se podía observar perfectamente la masa blanca que constituía el glaciar de la Maladeta, y más a su izquierda otro glaciar que así de lejos parecía más pequeño, el del Aneto. Poco a poco fue cayendo la noche y bajando las nubes, esponjosas pero negras, que ofrecían a aquel lugar un aspecto frío y fantasmagórico. Estas nubes negras se escurrían por las paredes de las montañas que teníamos enfrente, pero también por las que teníamos a nuestras espaldas, acercándose a nosotros peligrosamente pero sin llegar a mojarnos. Rápidamente nos abrigamos y comenzamos a montar las tiendas.

Encendimos nuestros frontales y preparamos la cena. Me senté sobre una roca con el “tuper” de pasta cocida, fría, que tenía. Empecé con buena intención, pero el frío que hacía y esa pasta sosa no eran de mi agrado, así que casi no comí. Después llegó la sopa caliente, ¡que emoción!, no sabéis lo que me pude llegar a alegrar por una sopa. Nos la tomamos rápidamente y nos metimos temblando dentro de la tienda de campaña. La temperatura había descendido hasta los 5 grados, y empezó a arreciar el viento. Lo que pretendía ser una salida de verano se convirtió repentinamente en una salida invernal, y es que los 2.300 metros, no perdonan ni en verano. En el interior del saco no se estaba nada mal pero aún así no te aporta el confort de una cama, así que estuve dando vueltas toda la noche. Hubo un momento en el que el viento sonaba muy fuerte fuera de la tienda, la noche fuera era muy fría pero dentro de la tienda no se estaba tan mal. Después supe que la mínima descendió hasta 1ºC. Entre ráfaga y ráfaga llegaron las 6 de la mañana y se armó cierto revuelo ya que Laura La se encontraba mal. Todos aprovechamos para quejarnos de lo mal que habíamos dormido hasta entonces, así que nos alargaron el tiempo de sueño y, al final casi todos logramos dormir.

     

Cuando nos despertaron, como buenos “sirvientes” que son Luis y Alberto, nos llevaron el desayuno al saco. ¡Que lujo! Aunque nos lo debían porque mientras los de mi tienda habíamos cenado frente a frente con los rigores del clima, los de la otra tienda se habían quedado tan panchos allí dentro y les llevaron la cenita y todo, así que por la mañana nos aprovechamos nosotros.

     

No tardé en salir de la tienda. Las montañas que ayer se habían visto oscuras y llenas de nubes negras ahora estaban totalmente iluminadas bajo un fondo azul claro que tenía el cielo en ese momento. Esa era la cara del pirineo que me gustaba, la agradable, la bonita, la brillante. Lejos quedaban ya aquellos fuertes vientos de la noche y aquellas nubes negras que cubrieron ese mismo cielo unas horas atrás. En aquel momento del día los Glaciares se veían perfectamente, libres de nubes. La imagen era impresionante, una gran masa blanca de hielo cubriendo la ladera de aquellos picos escarpados y aportando al paisaje un toque tan invernal, contrastando con el azul estival del cielo. Desde aquel momento, en el que vi los famosos glaciares que se están fundiendo por culpa de la contaminación, me duele el dedo corazón al apretar el interruptor de mi casa. Después de observar esto, terminamos de recoger y dejamos a un lado las mochilas para emprender nuestra marcha sin ningún tipo de peso.

Empezamos a subir, ¡jo así si que se puede! Íbamos muchos más veloces y más cómodos. Hasta el paisaje se hacía más bonito. Seguimos haciendo “zetas” por la ladera de la montaña. Nos desviamos un momento del camino que asciende a la cima del Salvaguardia para ver el Portillón, un paso escavado en la roca, que delimita la frontera entre España y Francia donde no solo resalta el paisaje sino la historia de aquel lugar por el que entraban los ejércitos y pasaban los comerciantes. A través de aquella puerta abierta a Francia se podía ver la otra vertiente del pirineo. Las montañas de aquel lugar eran muy escarpadas, y aposentado en el fondo de estas se encuentra un gran Ibón, boums en francés, de aguas azules, preciosas, limpias e impactantes. Las cuestas eran casi verticales lo cual le daba un aspecto mucho más salvaje y virgen. Además al encontrarse bastantes metros por debajo, da una sensación de vacío inmensa. Tras fotografiar aquello proseguimos con la marcha y retomamos el camino que asciende hasta el Salvaguardia.

           

Conforme caminábamos, aquella cima que se veía inalcanzable por la mañana iba tomando un tono más asequible. Estábamos animados, hacía un día perfecto y estábamos ya a mucha altura como para darnos la vuelta. Todo estaba a nuestra favor, el Salvaguardia se convertiría en tierra pisada dentro de muy poco. Continuamos por el camino y nos fuimos encontrando a otros montañeros, casi todos franceses, que también pretendían conquistar aquel pico. Dejando por debajo la zona en la que habíamos dormido, y mucho más abajo el fondo del valle, fuimos ascendiendo. Ya quedaba muy poco para la cima cuando nos encontramos con un paso en el que había que utilizar una sirga de acero que estaba fijada a la roca. Con el arnés acoplado al cuerpo fuimos pasando de uno en uno por aquel lugar. La verdad es que imponía más de lo que era en realidad, y todos pasamos sin ningún problema.

Continuamos con nuestro camino y seguimos hacia arriba, la cima ya se podía tocar con los dedos y el sendero no empezaba a ofrecer mayor dificultad como yo me temía, así que pasados unos minutos llegamos a aquella cima.

Desde allí podía observarse todo, los glaciares de la Maladeta, los Llanos del Hospital, el Ésera, el Pirineo francés, los ibones, el Aneto, ¡TODO!.

      

Tomamos un merecidísimo descanso y unas típicas fotos cimeras, y al cabo de un tiempo abandonamos aquel lugar que se convirtió para muchos en el punto más alto en el que habíamos estado, nuestro “Record” personal.

Emprendimos la bajada con ganas de comer. El sol comenzaba a picar a aquellas horas del mediodía y, al contrario que el día anterior, las nubes hoy ni se atrevían a asomarse por allí. Fuimos deshaciendo el camino que anteriormente habíamos subido, y la cima fue remontando sobre nuestras cabezas. Ahora el objetivo era llegar hasta el lugar de acampada donde nos esperaban nuestras mochilas con ¡comida! Atravesamos la zona de sirga y seguimos con nuestra marcha hacia abajo. Las tripas nos rugían y los pensamientos se marchaban a algún restaurante, mientras que nuestros pies seguían peleándose con aquel terreno que pisábamos. Cuando ya estábamos cerca de las mochilas vimos a un hombre pintando. Nos acercamos y observamos que era un cuadro del glaciar de la Maladeta, bañado por el sol de aquel día. Después de verlo bajamos las últimas “zatas” del camino y llegamos a las mochilas. Ahí comimos las sobras de la cena del día anterior, pasta, longaniza, etc. que para ser sobras estaban bastante buenas, y de postre tomamos lo que sobró del desayuno, barritas energéticas, frutas y demás. Tras un rato de relax, en el que con tripa de embarazados a todos se nos antojaba una siesta, emprendimos la marcha todavía con la comida en la boca. Y es que la montaña no esta hecha para descansar.

Bajamos aquel pequeño valle en el que tanto había sufrido el día anterior y que esta vez se me hizo mucho más corto, para adentrarnos en la zona excavada en la piedra. A mitad de esta, hicimos un descanso y Alberto nos comentó todos aquellos procesos geológicos con los que se había formado los Pirineos desde que era un mar, hasta ser la cordillera que es ahora. Y también su movimiento en el espacio, desde la latitud del ecuador a la latitud en la que hoy se sitúa. También le dimos un repaso a la formación de las rocas que luego repasamos al día siguiente durante el paseo botánico por el Río Ésera. Continuamos la bajada encontrándonos un tramo difícil en el que dar un paso era bastante complicado para nosotros, y que nos hizo ir lentos y llevarnos alguna castaña que otra, pero una vez superado esto, comenzamos a recorrer aquellas laderas con más velocidad. Pronto, al lado del camino, aparecieron pequeños árboles que daban una aliviante sombra, el único inconveniente es que en un segundo ya habías dejado atrás la sombra de aquellos pequeños árboles. Poco a poco nos fuimos rodeando cada vez de más árboles, y decidimos parar para tomar un descanso. Ya estábamos prácticamente en el fondo del valle. Se veían iluminados los meandros del Rió Ésera que Isabel había comparado con el papel plata que se pone en el Belén. Después proseguimos con la marcha, ya con mucho cansancio acumulado, pero con ganas de acabar. Los glaciares de la Maladeta se ocultaron y dejamos atrás aquel mundo Alpino que se había convertido en nuestra casa durante las últimas 24 horas.

Bajando por el camino tomamos otra variante que no discurría tan pegada al Río pero con una vegetación mucho más frondosa y abundante. Por ahí recorrimos nuestros últimos pasos hasta cruzar el Río Ésera. Empezamos a atravesar los Llanos del Hospital, que todos nos conocíamos tan bien, mientras el sol se escondía entre las sombras de las montañas cercanas. Al echar la mirada hacia atrás se descubría el Salvaguardia iluminado. Desde allí era grande, grandísimo y otra vez se nos concebía imposible, no podíamos creer que lo hubiéramos conseguido.

Llegamos al aparcamiento y a la furgoneta. Tras organizar las mochilas y cambiarnos la ropa nos reunimos todos y brindamos por estos 2 años de excursiones, por todos esos picos, por todos esos momentos por todas esas aventuras, y sobretodo, por todos esos recuerdos que nunca ninguno olvidaremos.

      

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Publicado 12 septiembre, 2007 por nature11aragon en 08 Ribagorza, Experiencias

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